30/4/14

El sueño.

Me he quedado dormida. Siento en la piel ese inconfundible roce de los sueños, suave, envuelto en una nebulosa confusa; la delgada línea que me separa de la realidad es casi tangible; es casi como estirar la mano y tocar la almohada sobre la cual descanso; es casi como escuchar tu voz que surge de mi propia mente, invitándome a la oscuridad en la que nos sumergimos siempre que compartimos un beso.
Mi sueño es negro, no se ve nada a lo lejos; no veo nada más allá de mi propia persona, mis manos claras, mis pies descalzos. Estoy sentada, tanteo el suelo, tratando de comprobar si es firme. Es frío, más no es hielo; es duro, más no es piedra. Me recuesto lentamente, los pensamientos me invaden, me llevan lejos; al recuerdo de tus labios susurrantes, de tu perfume picante invadiendo cada inspiración, del sonido de tu nombre surgir de mi garganta silenciada por el poder de los sueños de dejarnos mudos.
Una tenue música llega a mis oídos, una melodía conocida, un recuerdo de la infancia; las luces se encienden de repente y soy una bailarina mirándome al espejo, lista para salir al escenario a deslumbrar al público tal como Odette conquista a Sigfrido. Salgo, pero no hay nadie, estoy sola en ese escenario, con la música surgiendo de un lugar desconocido en un crescendo interminable que me incita a bailar... Y bailo, y la música es tan hermosa que las lágrimas caen de mis ojos; lloro, y frenética, comienzo a girar en un eterno fouettè en tournant que no puedo detener hasta que la música lo hace por mí, terminando bruscamente mientras caigo al piso desconsolada y sin saber por qué. En el silencio repentino me quito las zapatillas con cuidado, notando que mis pies sangran, pero no es la primera vez que sucede en la vida de una bailarina y no será la última. Miro hacia arriba entonces con los ojos húmedos aún, y te veo, lejos, incorpórea; me levanto y corro hacia donde te vislumbro pero mis heridas me hacen caer de nuevo; las luces se apagan lentamente y tu visión se hace más clara... Tu pelo es largo y ondulado, tus ojos totalmente expresivos, tu boca una pequeña fruta que invita a ser mordida y probada en toda su extensión. Quiero salir del escenario antes de que la oscuridad sea absoluta, antes de perderte en el mundo de tinieblas más propio de las pesadillas que de los sueños dulces, pero no puedo. Estoy encerrada, muda, las sombras se ciernen sobre mí pesadamente, hasta que lo entiendo... Soy la bailarina encerrada en mi propia caja de música, hermosa, grácil, siempre lista para salir al escenario pero condenada al sufrimiento de que alguien quiera despertarme dándole cuerda a la música.
La tapa se cierra lentamente y tu visión desaparece, borrosa... pero tu mano brillante toma la mía y me arranca de la caja; por un instante veo tu rostro claro en plena oscuridad, bello, con mil versos pronunciados sin haber dicho una palabra; me acerco a tus labios entreabiertos para besarlos... Y caigo, como Alicia, en un agujero infinito llena de angustia por haberte perdido nuevamente, por no haber podido probar la luz de tus besos invadiendo mi oscuridad de ensueño. El golpe seco del final de la caída me deja sin aliento, dolorida, angustiada, sin saber que hacer más que incorporarme y buscarte de nuevo. En esta habitación hay velas que alumbran de manera tenue algunas mesas; al acercarme noto que hay varios libros apilados en ellas, llenos de polvo, carcomidos por el paso del tiempo. Los hojeo, los leo, los devoro; la luz no me alcanza, necesito más, pero no hay más que velas y temo el momento en el que consumidas desaparezcan sumiéndome en la negrura aprisionante nuevamente. Desesperada, miro a mi alrededor, y una luz conocida llama mi atención. Tu luz brillante, suficiente para iluminar mil habitaciones a oscuras, camina hacia mi, envolviendo la perfección de tu persona. Y me sonríes, y te iluminas aún más, me entregas un libro abierto, el cual leo con ansias:

"-Amar es con luz prendida;
querer con luz apagada;
en amar hay más desfile,
y en querer hay más batalla.
(...)
Es haber amanecido
sin habernos explicado
cómo sin haber dormido
pudimos haber soñado."

Cierro el libro, te miro inquieta. Me sonríes y me das la vuelta. Ya no soy la bailarina de la caja de música, ya no soy Alicia, soy yo misma con el libro en mis manos, con los ojos felices, con la boca suplicante; me acerco, y no te escondes, no huyes, me respondes... Y sé por qué te veo con tanta claridad a oscuras, porque me lo has explicado: el querer se ve con la luz apagada, sin más necesidad que la de saberte cerca para iluminarte sola. Y el beso es tan real, tan vívido, que traspasa el estado plácido del sueño y me despierta; para verte frente a mí, con tu cabello recogido, tu frutada boca sonriente, tu perfume invadiendo mi despertar confuso. Estás allí, no eras un sueño; pero igual te noto brillante y etérea. Sin embargo te abrazo, te beso, y eres corpórea, estás conmigo, me despertaste en tu cama; donde, hacía unos minutos... Me había quedado dormida.



17/4/14

Tus labios de rubí...

... De rojo carmesí. O por lo menos así los noté cuando te vi subir las escaleras y se me iluminó la cara con una sonrisa vergonzosa. Estaba sentada, en un rincón, preguntándome como se darían las cosas. Apenas entraste desvié mi mirada para no parecer ansiosa, pero cuando volví a mirarte me sonreías de igual manera. En mi mente se cruzó el rápido pensamiento: es la mejor manera de empezar. Me saludaste con un pequeño beso en mi redondito cachete, después me saludó tu Ama, con sus acostumbrados besos llenos de rouge en mis labios. Cruzamos miradas de reojo, charlamos de cosas sin importancia, te sacaste los zapatos y dabas pequeños saltitos a mi alrededor... Las dos sabíamos que algo iba a pasar entre nosotras, porque lo veníamos planeando hace semanas. Teníamos permiso de nuestros Amos, el mío te había dado vía libre para que hicieses lo que quisieses conmigo. Empezaste a sacar cosas de una valija, que yo observaba disimuladamente. Sogas, alcohol en gel, filos, esposas, un pañuelo. No sabía qué ibas a usar, y la incertidumbre me volvía loca. Me hiciste una pequeña señal con la cabeza, y me llevaste de la mano al cuarto. Ahí, empieza el relato.

Primera parte.


Me tomó la cara con las manos, y acercándome a sus labios me besó. Tomando el pañuelo suavemente, vendó mis ojos, haciendo eco del permiso de mi Amo para privarme de sentidos. La habitación se volvió infinita, escuchaba todo lo que sucedía a mi alrededor. El inconfundible sonido de los tacos de las Amas presentes, pequeños azotes provenientes de la otra habitación, charlas inconstantes que se acercaban y se alejaban conforme pasaban los minutos. De pronto sentí el roce de un filo cerca de mi pecho, y el frío de la hoja me hizo estremecer. Una, dos, tres caricias punzantes; besos perdidos y piel pálida que se volvía negra al ser liberada de las mordidas que la mantenían prisionera. El cierre de mi corset bajó suavemente y lo mismo sucedió con el corpiño. Mi respiración agitada delató mi estado de nerviosismo, generado ante la inexperiencia de la expocisión. Muñecas atadas juntas, manos detrás de la cabeza, los pechos expuestos a merced de la mujer a la que había sido entregada. Más besos y mordidas; el filo helado paseando por mis pezones hinchados, descendiendo hacia el estómago, volviendo a subir por mi garganta y desviándose hacia mi espalda amplia. Manos fuertes tomaron mi cabello y lo tiraron hacia atrás, dejando a la vista mi collar de cuero y mi boca entreabierta de placer. Una lengua inquieta envolvió uno de mis pezones y me hizo gemir suavemente, la succión se hizo más intensa hasta que dejé escapar un pequeño grito. Mis ojos seguían vendados, maximizando cualquier acción sobre mi sensible piel. Sentí una pequeña mano acariciar suavemente mi pecho libre, haciendo que se hinchara aún más. Mi respiración se volvía cada vez más intensa, rápida, entrecortada. Ella era dura y delicada a la vez. Me sentía derretir a cada instante que pasaba. Mis pechos fueron liberados, sus labios tomaron los míos con ansiedad mientras sus manos comenzaban a recorrer mi vientre en forma errante. Subían, bajaban, acariciaban mis piernas, me levantaban delicadamente la minifalda, pero sin acercarse a mi cada vez mas húmedo rincón. Mis caderas se mecían involuntariamente buscando ese contacto tan deseado, hasta que finalmente llegó. Mi boca se abrió en un gemido intenso, mi cuerpo respondió inmediatamente a las caricias y se movió pidiendo más. Las mismas se hicieron más intensas y profundas, el ritmo aumentaba junto con mi humedad, mi respiración y mis suspiros jadeantes y entrecortados. Mis piernas, temblorosas, se separaban cada vez más, permitiéndole a Ella un mejor acceso a mi interior resbaladizo. Perdí la noción del tiempo, de la habitación, de la gente que me rodeaba, del lugar donde todo esto sucedía; sólo pensaba en Ella que me besaba y estiraba mis labios con sus dientes, en su mano que segundo a segundo adquiría mayor velocidad, más rápido, más... El grito final surgió de mi garganta, sentí el calor del orgasmo invadirme y recorrerme el cuerpo con estremecimientos que seguían el ritmo de sus dedos, aún dentro de mí. Unos pocos movimientos más me dejaron extenuada. Un débil pero sincero "gracias" salió de mis labios. Me sonrío y lamió mi boca hinchada. Suavemente nos separamos; me desató, me quitó el pañuelo de los ojos y me volvió a vestir. Sus brazos me envolvieron y un beso dulce marcó el final del juego... de ese juego. Sus ojos me susurraron pícaramente que pronto estaría lista para continuar.

Segunda parte.


Manos contra la pared, piernas separadas, espalda inclinada, cola hacia afuera. Corset puesto, pechos al aire. Mi ropa interior descendió hasta mis tobillos y se perdió fuera de mi vista. Mordidas en los hombros, dedos apretando mis pezones, manos tirando de mi cabello hacia atrás. Ella me tenía totalmente expuesta, desde su posición podía utilizarme como quisiera; cualquiera que entrara en la habitación podía verme tal como me veía Ella. Susurraba palabras en mi oído que me hacían vibrar, sus uñas recorriendo mi cuerpo marcaban delgadas líneas rojas que se perdían en la oscuridad. Me acariciaba tiernamente para luego pasar a una presión firme y decidida. Alternaba mordidas, lamidas y besos a su antojo. Tanta exposición resultaba nueva para mí, pero no podía detenerme en eso, Ella ocupaba todos mis pensamientos. Sus dedos recorrieron mis piernas, separándolas aún más, presionando contra mi, buscando el lugar preciso donde entrar. Lo encontraron rápidamente, se hundieron, se movieron. Gemí, cerré los ojos, la sentí entrar y salir, explorándome una y otra vez, ansiosa, profundamente. Me escuchaba gemir y su penetración se hacía más dura, fuerte, rápida. Mi cabeza golpeaba contra la pared donde me apoyaba, pero no le presté atención. En pocos minutos me hervía la sangre, mi piel brillaba debido al calor, los gemidos se convirtieron en gritos y Ella me provocó el orgasmo en cuestión de segundos. Éxtasis, estremecimiento, calor, sensibilidad, todo se multiplicó. Me acarició un momento más y, dándome un pequeño apretón, me dejó volver a vestirme, entregándome con una risita mi ropa interior perdida. Sonreí con Ella, y la besé de nuevo, demostrándole lo mucho que había disfrutado la atención que me regalaba. Me llevó de la mano hacia afuera de la habitación, y me dejó sentada en un pequeño banco, con los ojos cerrados, plena y feliz.

Tercera parte.


Mis ojos caían pesados de sueño a pesar de ser temprano en la madrugada. Las sesiones habían terminado y todos charlaban cómodamente en la habitación. Me senté en la cama dispuesta a descansar hasta la hora de partir, hasta que Ella se me acercó y me susurró al oído; "sentada ahí, corrés peligro". Le sonreí somnolienta, invitándola a hacer lo que le pasara por la mente. Me besó, me acarició el cabello, me arañó los brazos con suavidad. Se arrodilló delante de mí y me separó las piernas, mi cuerpo reaccionó instantáneamente a sus dedos ya conocidos. Pasados unos pocos segundos, me levantó, me hizo arrodillar sobre la cama y empezó a jugar de nuevo conmigo. Su Ama estaba acostada a pocos centímetros, nos observaba, escuchaba mis gemidos complacida. Muchas personas nos rodeaban en la habitación, conversaban mientras miraban nuestro juego con curiosidad y excitación. Ella conocía ya mis reacciones y se aprovechaba de eso, manejaba la velocidad de sus dedos al ritmo de mi respiración. Mi cuerpo, aunque cansado, no se negó a los placeres que Ella prometía y en minutos logró llevarme al éxtasis de nuevo, gimiendo, sin importarme la gente que nos miraba y sonreía, ajena a todo lo que no fuese Ella y su manera de tocarme, de besarme, de lograr que me entregue sin reservas. Con unas leves palmaditas se separó de mi y se sentó en la cama, con las piernas extendidas y la espalda apoyada en la pared. Gateando y totalmente relajada, me acomodé y apoyé mi cabeza en sus piernas, sonriendo. Ella me acarició el cabello suavemente, llenándome de mimos y sumiéndome en un limbo de placeres nuevos y cumplidos, dejando la puerta abierta para próximos encuentros.
La noche terminaba y debíamos partir cada una en diferentes direcciones. Me besó, dándome las gracias que debían ser transmitidas a mi Amo por haberla dejado jugar conmigo. Nos sonreímos mutuamente, sabiendo que nuestra amistad recién había comenzado esa noche. Al verla desaparecer con su Ama, me miré disimuladamente la espalda, esperando encontrar un par de alas. Tenía la certeza de que Ella me había hecho volar.

6/4/14

Experimentando.

Martes. Día de la prueba, después de tantos días charlados, tantos planes, tanta expectativa. Ella se fue a McDonalds a esperar a su Amo. La otra, con su respectivo Amo cerca, le mandaba mensajes. Ambas estaban nerviosas. ¿Qué hacer, qué decir, cómo actuar?
Finalmente, LeoPardo llega. Sonriendo, le acaricia el rostro, le da un beso suave. Conversan sobre cualquier tema, sin abordar el tan temido por ella. Enreda su pelo, toma el celular ansiosa, juega con el café sin llegar a terminarlo. Lo mira a los ojos. Es la hora, en marcha.
Caminan silenciosos por la calle, sin tomarse de la mano, cada uno sumido en sus propios pensamientos sobre qué iba a pasar en un momento. Se sientan en la entrada, esperando que bajen a abrirles. Ella sonríe nerviosa, Él la consuela en silencio. Sus ojos parecen decir, "Confiá en mi, tigresita". Respira hondo, mira de reojo al hombre que abre la puerta. Saluda, y con la vista baja sube al ascensor detrás de ellos. El "otro Amo" le parece atractivo. Definitivamente los hombres maduros son su tipo. Le encanta verlos caminar con confianza, sabiéndose deseados por sus pequeñas sumisas. El ascensor se detiene y bajan, dirigiéndose al consultorio previamente preparado. Abren la puerta, y saluda a su amiga, que sonríe nerviosamente al igual que ella hace unos instantes. "Tranquila, tranquila" se dice a sí misma. 
Ponen música. Ella está sentada en un sofá, vestida, descalza. El otro Amo ofrece su sumisa a LeoPardo, que acercándose, la besa. Punzada en el estómago, desvío de mirada. Pero... ¿cómo superar un temor tan grande, sin mirar, sin trabajar sobre el? Se fuerza a mirar. LeoPardo le ha ordenado desvestirse. La otra sumisa queda desnuda frente a los dos Amos, mirando el suelo. Ella la observa. De reojo ve a su Amo buscar algo en su maletín. Vuelve con dos broches para pezones en las manos, broches que no suele usar con ella porque se le hace difícil soportarlos. Son colocados, y LeoPardo juega con la otra, mientras ella mira. Un poco de tironeo de broches, un poco de bondage, un poco de spank; mientras ella sola, aún vestida y descalza, en el sofá. De repente la mira y sonríe. Se acerca con la otra, y le ordena quitarle los broches y mimar esos pezones prensados con la lengua. Ella obedece sonriendo, liberando los pechos delicadamente, besándolos sabiendo que la sensibilidad se ha multiplicado. Lo hace con gusto, pero en el fondo sabe que su chispa no se enciende. Le ordenan desvestirse, y queda con un pequeño camisón de gasa, frente a la otra sumisa desnuda. Se besan despacio, ahora es el turno de la otra besarle los pechos, jugar con los pezones hinchados, morderse un poco. Intenta dejarse ir, pero no puede. La conciencia está presente en todo momento impidiéndole disfrutar. Su Amo se acerca y toma los pechos de las dos con una mano, apretándolos al mismo tiempo. Sonríe, pero el placer no llega tan rápido como siempre.
Son alejadas nuevamente, y el otro Amo finalmente se le acerca. Le acaricia el pelo con cuidado, y ella se relaja. Adora ese mimo tan delicado. Cierra los ojos y empieza a disfrutar. Siente manos extrañas en el cuello alrededor de su collar, en su espalda, en su cintura, en los pezones. La respiración de otro hombre que no es el amado se acerca a su oído. El cosquilleo en el bajo vientre es inconfundible, y separa los labios esperando el beso que no tarda en llegar. Es un beso violento, al que ella está acostumbrada, pero es otra lengua la que irrumpe en su boca. Responde ansiosamente, pero son sólo unos pocos segundos. Nuevamente queda sola. Escucha a su Amo spankear a la otra sumisa, pero ya no siente dolor ni incomodidad. La situación empieza, finalmente, a gustarle. 
Siempre con los ojos cerrados, escucha al otro Amo acercarse otra vez. Un objeto punzante toca su cuello. "¿Sabés que es?" Le preguntan. Ella lo sabe. Es un cuchillo. El knife play es su práctica favorita, pero lleva una carga de confianza en la otra persona que ella no siente en este momento. El cuchillo resbala por su garganta hasta su pecho, el borde toca un pezón. Respira agitadamente, a punto de negarse, cuando el filo es apartado bruscamente. Dos manos fuertes la inclinan y comienzan a spankearla. No son las manos de su Amo. Son manos que golpean con una brutalidad a la que ella no está acostumbrada. Se muerde los labios para no gritar y cierra los ojos con fuerza. Una mano se desvía y se pierde en su interior. "¿Ya estás mojada?" preguntan. "Si, Señor" contesta ella. El otro Amo la tira en el sofá, le saca el camisón, comienza a spankearla nuevamente. Pero los instrumentos son usados con violencia, con furia, y ella no puede soportarlo. Diez minutos, eternos, pasan, hasta que ella grita "¡Basta! ¡No, NO!". Los azotes continúan. "¡NO, NO!" Vuelve a gritar, pero no es escuchada. "¡Basta! ¡Leo, no puedo más!". Escucha la voz de su Amo diciendo "Si ella dice que no, es NO. Basta". Los golpes se detienen. Lágrimas de dolor caen rápidamente de sus ojos. El otro Amo se le acerca pero ella no puede mirarlo, no quiere mirarlo. Está lastimada, sus "no" no fueron respetados por ese Amo, no se adaptó a lo acordado de ser gradual con los golpes. 
Al momento, siente una mano conocida en su cabeza. Las manos amadas por fin la tocan a ella. Es abrazada, y rompe en llanto. "Shhh, shhh, tranquila. Estás conmigo. ¿Querés quedarte solo conmigo?" le pregunta su Amo. Ella asiente con la cabeza, llorando desconsolada, con el ardor de los azotes quemándola y sin proporcionarle ningún placer. Su Amo la besa y la acaricia. Después de unos cuantos minutos, ella se calma. No quiere arruinar toda la noche, empieza a desabrochar el cinturón de su Amo. Cuando siente el conocido sabor en su boca, instantáneamente se siente mejor. Es algo que les causa inmenso placer a los dos. De repente escucha, "usala a esta puta". La otra sumisa es nuevamente llamada a participar, su Amo saca el miembro de su boca para meterlo en otra, pero al mismo tiempo le agarra el pelo fuertemente para que no se aleje. Apenas tiene tiempo de respirar cuando es introducido nuevamente en su boca. Para su sorpresa esto le gusta, lo comparten, sus lenguas se mezclan en el afán de dar placer al Amo. Se dan un beso pequeño y se separan. Cada una es llamada por su respectivo Amo. La otra sumisa es spankeada hasta el llanto, cada vez mas fuerte. Ella se esconde en el hombro de LeoPardo, intentando evitar el sonido de los azotes. No puede. Mira a su Amo, y Él entiende. No puede continuar. Está lastimada y dolorida, y nada de lo que puedan hacerle le dará placer ahora. El otro Amo y la otra sumisa terminan su sesión. Ella evita sus miradas, no se siente fuerte como para enfrentarse a ellas. Se levanta, y se viste. Sentándose, siente el dolor agudo de los golpes en su carne, y suspira resignada. Todo en el consultorio está en su lugar. Los cuatro están listos para irse.
Bajan en el ascensor, caminan unas cuadras, y ella mantiene siempre la mirada baja. Al despedirse, el otro Amo la abraza, pero ella se siente fría con ese hombre que no pudo hacerla sentir cuidada. Se despide de la otra sumisa con un sencillo beso, y se separan. Su Amo sabe que ella lo necesita, y la acompaña a tomar un café. Se sientan en silencio, pero Él la conoce. Sabe que va a explotar, y el enojo no tarda en llegar. "Me pegó. No fue gradual, me lastimó, no respetó mis "no". Estoy enojada". LeoPardo la mira con paciencia. "Lo sé, tigresita. No fue lo acordado. Tu culito tiene un sensor de huellas y esas no pasaron la prueba". Ella suelta una carcajada. Su Amo tiene la cualidad de hacerla reír hasta en los peores momentos, y lo ama por eso. Pero su Amo vuelve a la carga, preguntándole esta vez lo que a Él le interesa. "¿Cómo te sentiste con la otra sumisa? Era eso lo que queríamos averiguar". Ella lo mira y piensa. Ni siquiera está segura de lo que sintió. "No lo sé. No me molestó como pensé que lo haría. No me enojé por eso. Si pudiéramos probar con otra sumisa, que no tenga Amo, que sea sólo para nosotros dos..." 
Su Amo sonríe. ¡El primer paso está dado! Ella está siendo flexible y esforzándose, y eso es bueno. Su parte bisexual ha tomado forma de nuevo, y ella quiere explotarla y aprovecharla. Se imagina mil cosas con una pequeña sumi, las dos a merced de su Amo, tan duro y exigente, pero tan dulce y amado a la vez. La experiencia, aunque frustrada, sirvió para su objetivo. La pequeña tigresita está entusiasmada con tener una nena a quien usar y por quién ser usada. Ansiosa por besarla, por tocarla, por jugar ambas con su Amo, por hacerlo gemir y disfrutar cada momento de placer con ellas. Mil dudas la acosan, sin embargo. ¿Será linda? ¿Le gustarán las mujeres de verdad? ¿Le gustaré yo? ¿Se portará bien?
Esas, entre muchas otras. Pero... como dice su Amo. "Tiempo al tiempo, tigresita. No tenemos la bola de cristal"


8/1/13

Días...


Taiga miró la lapicera y el cuaderno en blanco. ¿Qué podía escribir? A ella la inspiraba su Amo, pero ahora él no estaba. Sin embargo, le había dejado la tarea de escribir, con temática libre, dentro de un plazo de 4 noches. Hoy, sábado, es el primero de 15 largos días en los que Taiga no va a poder comunicarse con su Amo, algo que en más de 4 meses nunca había pasado. Hubo ocasiones en las que no pudieron verse, pero dejar de hablar... nunca. Taiga sabía que este momento iba a llegar, las temidas vacaciones. Ahora, inmersa en ellas, se siente sola y perdida. No sabe como hacer para que las horas pasen más rápido. Está planeando sus propias vacaciones, pero para eso falta más de un mes, y sólo será una semana. Sentada, en el trabajo, sigue pensando en qué escribir. Al mismo tiempo, se obliga a desayunar. Ayer, al darse cuenta de que hacía más de un día que no ingería alimentos sólidos, se había asustado muchísimo, pero simplemente no tenía hambre.
Cuando supo que su Amo se iría de vacaciones, planeó una sorpresa para su vuelta: un tatuaje, un felino precioso, un leopardo. Pero cuando fue a ver a su tatuador, éste le arruinó los planes: el tatuaje llevaría tres sesiones, con promedio de un mes entre cada una de ellas, Así que no tuvo más remedio que contarle a su Amo lo que pensaba hacer. Su respuesta fue: "ni se te ocurra". Pero ella expuso sus razones. El lugar elegido, su cintura, era el ideal. A su Amo le encantaba situarse detrás de ella, ya fuera para atarla, azotarla, morderla, acariciarla o penetrarla. Entonces, cada vez que lo hiciera, vería su inconfundible imagen: el leopardo, con su boca semiabierta, jadeante, deseoso de jugar con su presa antes de devorarla. Los ojos del animal serían verdes, como los de su Amo, como los de la propia Taiga. Ay, ella estaba ansiosa de poseer esa marca, ese recordatorio eterno del primer hombre (y probablemente el último) que la hizo senntirse realmente sumisa, que le inspiró el deseo de complacerlo con cada centímetro de su cuerpo y con cada rincón de su mente; ese hombre que se adueñó hasta de sus pensamientos y fantasías, de sus sueños y pesadillas, de su femeneidad, de sus deseos, y de un amor tan profundo como oscuro, tan puro como prohibido. Taiga lo amaba, mucho, pero le dolía no poder ser correspondida entonces prefería no pensar en ello. Recordaba una vez en que entró en pánico al intentar jugar con un instrumento nuevo, y él, para calmarla, le repitió incontables veces: "te quiero, te quiero". En ese momento, Taiga supo que esas palabras podían hacer que ella superara cualquier obstáculo.
Pasa un día más. Revisa su e-mail sin esperanzas, pero constantemente. Se imagina que, en algún respiro, su Amo podrá escribirle. Pero como aún no ha sucedido, suspira y supone que es lógico, que en vacaciones uno se aleja de la rutina y de todo lo que ésta conlleva. Pero también espera que, aunque sea un mínimo minuto al día, su Amo piense en ella, en sus besos, es sus caricias, en su total entrega.
Taiga sueña con un día en el cual no los persiga el reloj, esa alarma tan odiada que indica el final de su pequeño momento juntos; un día en el cual puedan compartir mucho más que lo habitual, un día lejos de la presión ajena, el celular, las horas... Sólo ellos, su Amo sentado y ella en pocisión de 'sit' (su favorita), abrazándolo mientras él le acaricia el pelo, en silencio... Ese es su paraíso, su mundo ideal, y como tal, no existe. Pero a Taiga nada le impide soñar con los cariños de su Amo, los cuales volverán en un par de semanas a caer sobre su piel. El sólo hecho de pensar en el reencuentro la hace sonreír. Ya sabe lo que hará: lo abrazará fuertemente y lo besará por cada uno de los días en los que estuvo lejos de ella. Lo mirará a los ojos y le sonreirá, demostrándole cuanto lo extrañó, cuanto ansiaba volver a estar a su lado, aspirar su perfume, sentir su calor. Se daría vuelta, lentamente, y subiría apenas su remera para enseñarle lo que preparaba para él: la primera fase de las marcas del leopardo en su cintura. Se sentía feliz, porque era un tatuaje exclusivamente diseñado para ella, con ayuda de su tatuador, para que sea original, delicado, y perfecto. A pesar de sus quejas iniciales, su Amo sonreiría extasiado de placer al verla marcada como suya de esa manera, y Taiga moría de ganas de ver esa sonrisa. Los días pasarían pronto, no serían los 20 años de Penélope. Lo esperaría, ansiosa, feliz, amante y siempre dispuesta a complacerlo, ya que su más profundo deseo era que su LeoPardo estuviese satisfecho de la sumisa que había elegido.


Mi tarea llega a su fin. Mi antiguo blog está en marcha nuevamente, tal como ordenó mi Amo, así como también mi libreta y mi lapicera, de la cual nacerán las historias más diversas, reales o soñadas, vividas o imaginadas.
Esta ha sido una pausa en el erotismo, común denominador de mis relatos. Proximamente, volveré a ellos con mayor fervor.

Tigresita, de LeoPardo.


6/1/13

In wonderland.



- ¿Podría decirme, por favor, que camino debo seguir para salir de aquí?
- Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar.
- No me importa mucho el sitio...
- Entonces, tampoco importa mucho el camino que tomes.
Alicia miró al gato, y se quedó callada pensando en sus palabras. ¿Realmente no importaba el camino a tomar? ¿Acaso el camino no decide el sitio? ¿O es al revés? 
Alicia muchas veces había decidido su camino, aunque no siempre sus decisiones la llevaron al mejor destino. Había ido detrás de muchos conejos en su vida, los cuales le habían hecho perder el tiempo junto a sus relojes, estancados, paralizados en momentos que prefería olvidar. Ahora se encontraba ante un gato que la miraba fijamente, aunque no se molestaba en volver a pronunciar palabra. Alicia lo miró enojada y el gato sonrió desde el árbol en el cual se encontraba. Ella se sentó en el piso, todavía enfurruñada, y decidió ignorarlo, sumergiéndose en sus pensamientos.
¿Cómo había llegado hasta aquí? Los recuerdos eran confusos. Recordaba un dolor agudo y una separación. Un alejamiento, un periodo vacío de su vida, un camino sencillo pero un destino aburrido y sin sentido. Un libro, una lectura rápida. Un click, un despertar. Abrir los ojos después de meses de oscuridad, y reconocer el vacío, sonriendo por haber encontrado la llave para salir de él. Acercándose a la puerta, suspiró indecisa. Podía volver a su camino sencillo, o podía tomar el que se encontraba detrás de esa abertura. Recordó las sensaciones y empujó el picaporte con voluntad. Una luz cegadora, un recibimiento cálido. Malas experiencias al principio hicieron que se replanteara la elección que había tomado... Hasta que... Una sonrisa, unos ojos felinos, hicieron que se detuviera un momento, una décima de segundo tal vez, pero fue tiempo suficiente para estar segura de haber hecho lo correcto. Se dejó llevar por un impulso, no por la razón. Una tímida frase, un mensaje con palabras complicadas y casi sin coherencia, varias charlas con el portador de esa sonrisa y esos ojos.
"Alicia, Alicia, ¿qué camino habrás tomado?" se preguntó. Pero no podía responderse, se encontraba desorientada. ¿Adonde seguir? No había indicaciones para decidir hacia donde dirigirse. Suspiró, apoyando la cabeza sobre sus manos, bloqueada. ¿Retroceder? Era una opción, volver al camino sencillo pero incompleto. No sufriría, pero tampoco sentiría nada; y ella no quería eso. Alicia miró hacia adelante, allí había un camino; la continuación de la ruta escogida anteriormente. Entrecerró los ojos y lo observó. Vio incontables obstáculos que le dificultarían el paso, oscuridades que le provocarían pánico, segmentos irreconocibles a la distancia...
- El final, Alicia. El sitio es lo que importa.- dijo el gato. Y desapareció.
Enojada de nuevo, Alicia volvió a mirar el camino. Pero a lo lejos, no vio el recorrido sin el final del mismo, tal como le había aconsejado el gato. Dos ojos... Sólo dos ojos verdes. Pero anularon todo lo demás. Finalmente, entendió lo que el gato quería decirle. ¿Le importaba a ella todo lo que tuviera que recorrer para llegar a aquellos ojos? ¿Los obstáculos? ¿Las heridas? No, realmente no le importaba, sólo quería llegar...
Porque allí, donde se encontraban esos ojos, se encontraba su país de las maravillas, su lugar ideal, en el cual se sentía plena y feliz. El camino ya no le resultaba llamativo. Lo recorrería, con heridas, con dificultades, con lágrimas. Pero llegaría, y lograría que esos ojos verdes volvieran a sonreírle, como la primera vez...


Primera vez - Parte II


Puerta del hotel. Respiración acelerada, temblor en todo el cuerpo. Suben al segundo piso, ella delante, haciendo equilibrio con sus botas en una escalera caracol. Sabe que él la mira con deseo mientras ascienden, pero sus nervios pueden más que cualquier pensamiento. Trata de calmar sus latidos al abrirse la puerta de la habitación... Deja su bolso, se quita el abrigo... Es increíble lo helada que está su piel, en comparación con el ardor que siente en su interior... Se queda parada junto a la cama, con la mirada en el piso, sin poder hablar. Lo escucha dejar su mochila, pasos lentamente acercándose... Su mano, suavemente, se alza hasta su rostro y lo levanta, ella lo mira a los ojos, y él le dice "hola, chiquita". Ella baja nuevamente la vista, pero no al piso, sino a la boca de la cual salen esas palabras. Él sonríe ante esa actitud, y la besa delicadamente, acercándola un poco a su cuerpo. Ella se siente derretir y se humedece en ese beso, busca más, separa los labios inconscientemente esperando que la lengua de ese hombre entre en su boca para explorarla, para recorrerla... Pero él se aparta, y a ella se le escapa un leve gemido de angustia. Lo ve de espaldas, buscando algo en un maletín negro, pero no puede moverse para averiguar que es. Él se da vuelta sonriendo, con una hermosa cuerda verde, la cual deja sobre la cama, y dirige sus manos hacia ella. Lentamente, comienza a desvestirla, pieza por pieza. Al llegar a su piel la recorre con la punta de los dedos, antes de acercarse a su nuca y depositar un pequeño beso en el hombro izquierdo, acción que provoca en ella la misma sensación de un fósforo que es acercado a la pólvora. Él toma la cuerda y la hace jugar entre sus dedos, mientras le ordena terminar de desvestirse. Ella obedece rápidamente, y se queda con una pequeña remerita rosa, que él le permite conservar. Comienza un bondage, el primero que le hacen en su vida de sumisa. Le encanta verlo trabajar con los nudos por el espejo que tienen enfrente, su cara de concentración, su sonrisa cuando la observa cada vez más atada e inmóvil. Sigue amarrándola hasta que se siente satisfecho, y entonces saca dos pequeñas pinzas de su maletín, las cuales coloca en sus pezones, no sin antes acariciarlos y lamerlos suavemente. Ella cierra los ojos, buscando la concentración adecuada para transformar el dolor en placer. El bondage le dejó las piernas separadas, y él se sienta frente a ella, observándola; con uno de sus dedos recorre lentamente su sexo, húmedo, empapado. Suspira, y lleva ese dedo a los labios de ella, entreabiertos; vuelve a tocarla y ésta vez su propia boca es el destino. "Qué hermosa", lo escucha decir. Pero lo escucha lejos, y eso la preocupa. Abre los ojos y él ya no está sentado frente a ella, sino detrás, buscando algo en su maletín. Se mira en el espejo, pero casi no se ve. Lo llama, con una voz apenas audible, "me estoy mareando", se oye decir, cada vez más lejos. Él le saca las pinzas e intenta acostarla, pero ella no puede moverse, a tal punto que tiene que empujarla para desatarla. Ella siente un par de tirones y un sudor frío que le recorre el cuerpo. Cuando abre los ojos, está acostada boca abajo en la cama, y él se encuentra sentado en el piso frente a ella con cara de preocupación. "Te bajó la presión. Te desmayaste", le dice. Mira a su alrededor, confundida, y ve pedazos de cuerda verde repartidos por la cama. "¿La cortaste?" le pregunta. "Sí, mi chiquita. Las sogas se reponen, las sumisas no". Ay, ay, que mál estaba saliendo todo. Los nervios la llevaron al desmayo, y él tuvo que cortar una cuerda hermosa por esa razón. "Perdón", le dice. "Shhh, no. Nada de perdón. Te desmayaste. Ahora, vas a comer algo, nenita". Ella lo mira, no tiene ganas de comer. Pero él es inflexible, y después de mucho discutir, consigue que coma al menos un poco. Se levanta del suelo, y se acuesta a su lado, abrazándola. Ella se siente mejor, y lo besa suavemente. "Estoy bien", le dice, "gracias". Él sonríe, se acerca a su oído, y susurra, "eso lo voy a comprobar ahora". Recorre con la mano su garganta, el pecho, el vientre. La mira fugazmente, y desciende hasta su sexo, haciéndola gemir inesperadamente. Ella se olvida del desmayo, de la cuerda rota, del hotel, hasta de su propio nombre. Sólo puede pensar en sus dedos acariciándola, sin entrar en ella, pero generándole un placer incontrolable, que la desborda al llegar al clímax casi inmediatamente. Abre los ojos sorprendida, y lo mira. Él no había dejado de acariciarla, y quiere detenerlo, pero no la deja, e incluso presiona un poco más. Dejando escapar un pequeño grito, se sacude en espasmos entrecortados; con los ojos levemente abiertos, lo observa morderse el labio inferior sin conseguir ocultar su sonrisa. Él aparta su mano de ella, y se la lleva a los labios, dejando que uno de los dedos se introduzca en su boca, soltando un gemido apenas audible. La toma en brazos y la lleva al borde de la cama, acomodándola, sentada, inmóvil. Ella, con los ojos cerrados, escucha la hebilla del cinturón desabrocharse, el cierre del pantalón bajando con ese sonido inconfundible, excitante; se humedece los labios a la espera de lo que viene, ansiosa, deseosa de conocer su sabor, de complacerlo, hasta tal vez enloquecerlo con esa simple acción. Él toma sus cabellos suavemente e inclina su cabeza hacia sí mismo, introduciéndose en la pequeña boca que lo espera, húmeda, con una lengua inquieta que lo envuelve rápidamente, de manera inesperada para él. Cierra los ojos, disfrutándola, sin darle ninguna indicación, simplemente dejando que ella maneje la situación, al menos en ese momento. Ella nota la reacción y procura satisfacerlo en cada movimiento de su lengua, en cada embestida de sus labios. Lo recorre, lo disfruta, sintiendo el aumento de su excitación, sus gemidos entrecortados, la aproximación de su clímax. La velocidad se incrementa y ella supo que llegaría su premio, su regalo; con un gruñido él la toma del pelo con fuerza y la empuja, explotando de placer dentro de su boca, inundándola con su orgasmo tibio, abundante, violento. Aflojó la presion de su mano y se apartó de ella, suspirando profundamente. La observó, seguía en la misma posición en la que la había dejado, sentada al borde de la cama, con la cabeza baja, mirando el suelo. Se agachó, poniéndose a la altura de sus ojos, y suavemente levantó su rostro hasta encontrarse con una mirada tímida, avergonzada, pero satisfecha. Acarició lentamente su mejilla y le sonrió, provocando en ella la misma reacción. "Te sentí mía, chiquita, totalmente mía", le dice. La música del hotel sonaba de fondo, y en medio de la alegría que la llenaba, ella logró distinguir una frase que le llamó la atención... Una voz femenina cantaba... "Eras tú, mi necesidad"... Le sonrió abiertamente a esos ojos verdes, feliz. No se había equivocado al bajar del taxi. Todo iba a estar bien.


Primera vez - Parte I


Ella está sentada, recordando. Años pasaron desde la última vez que sesionó. Tiene miedo, pero al mismo tiempo ansiedad y excitación. Es viernes y espera que ese hombre no se comunique con ella, porque está asustada, porque no se acuerda, porque en realidad no tiene más experiencia que que un par de fustazos leves... La noche pasa y él no se comunica. Ella se siente entre aliviada y desilusionada, sentimientos opuestos y encontrados. Sábado por la mañana y no hay noticias, por su mente circulan pensamientos extraños; decide esperar un poco más, se ilusiona, quiere verlo, lo tiene decidido. Los minutos parecen horas, las horas días, cada segundo pendiente del celular, esperando su saludo... Hasta que llega, "16 horas, chiquita. Te espero mañana." Nervios y escalofríos recorren su cuerpo. ¿Qué tendría planeado hacer? No lo sabía. Ella piensa, se imagina, su mente vuela. No, debe ser discreta, sólo se encontrarán a tomar un café y conocerse, descubrir si tienen cosas en común, tal vez algún beso robado en una esquina, una caricia oculta de ojos curiosos... El domingo llega y lo tiene enfrente, sentado, penetrándola con sus profundos ojos verdes; lo mira y no puede sostener la mirada, baja sus ojos, se pone colorada, sonríe nerviosa. Él lo nota, y comienza a hablar. Poco a poco ella se suelta y la charla se hace fluída, constante. Pasan las horas, las miradas se cruzan, pero de una manera distinta. Hay algo oculto tras los ojos de los dos, una especie de instinto cazador, una barrera que ninguno sabe bien como derribar para llegar al otro. Ella se siente cautivada por su voz, que la envuelve; por su sonrisa, que la atrapa e hipnotiza. Él le toma la mano, la acaricia suavemente con la punta de los dedos. Sienten el contacto, piel fría contra piel caliente, electricidad, tensión, deseo, nervios. Sus palabras... "mi interés es sesionarte, vos decidís...". Los ojos de ella bajan, sus latidos aumentan vertiginosamente, la inunda el calor, el deseo, pero también la incertidumbre y el miedo a lo desconocido, a no gustarle, a no ser lo que se espera de ella. Lo mira avergonzada, su boca se llena de palabras que no puede decir. Se sonroja, retira su mano, se cubre el rostro. En su mente mil pensamientos, ¿quiere ir? Por supuesto. Pero, ¿cómo decírselo? No puede, no le sale. Él le aparta la mano de su carita colorada, la levanta, la mira a los ojos. No hacen falta palabras, y a ella le gusta eso. Pagan la cuenta y se retiran en silencio, ella camina un par de centímetros detrás de él, observa su mochila, de la cual sobresale una fusta enfundada, oculta... Pero tiene la certeza de que es una fusta, y se pregunta qué más habrá dentro...
Taxi. STOP en su cabeza. Ellos no hablaron de límites. ¡Ellos no hablaron de nada! ¿Y si hace algo que no le gusta? Siempre queda como recurso la palabra de seguridad, pero... ¡tampoco se la dijo! Lo mira, y él le sonríe. Ella se relaja y no cree necesario decirle la palabra o sus límites, porque por alguna razón, está dispuesta a dejarlos de lado y averiguar hasta donde puede llegar esta vez. Respira profundo, sus manos tiemblan. Las esconde, pero él las busca... Toma una, se la lleva a los labios... Bajan del taxi. Ella lo mira y sonríe. Confía en él... Todo va a estar bien.


23/11/10

El "lugar".

Ella se miró las manos. Estaban húmedas. ¿Por qué? No podía recordar. Trató de moverse, pero el "lugar" era pequeño. ¿Dónde estaba? ¿Qué era ese "lugar"? Sólo había oscuridad a su alrededor. Sus ojos se negaban a ver. Alzó sus manos, tocó su rostro. Su tacto era suave pero firme, como siempre había sido. 
Ella pensó. No debía caer en la deseperación. Respiro profundo, y se dejó llevar por su mente. ¿Qué era lo último que podía recordar? Tristeza... Una profunda tristeza, que se extendía más allá de su cuerpo, a su alrededor. Una tristeza tangible, corpórea, hiriente.
¡No! Ella no quería recordar eso. Hizo un esfuerzo, y pensó. ¿Qué había más allá de la tristeza? ¿Qué podía haberla generado? En ese momento fue cuando sintió dolor. Ese dolor abrumante, subiendo por su garganta, sofocándola. Pero lo soportó. ¡Quería recordar! El dolor la subyugó, lastimándola en el centro de su pecho, dejando un vacío eterno.
Fue entonces cuando ella recordó. Esa tristeza, ese dolor,  ese vacío. Ese hombre... La tristeza absoluta que la invadió cuando él se fue. El dolor incalculable que sintió cuando comprendió que no lo volvería a ver. Ese vacío insondable que perduraría para siempre en su interior...
Y de repente, sus ojos se abrieron de golpe. Su memoria le entregó lo que ella había estado buscando. Ese "lugar"... Era su propio yo, su interior; donde se había encerrado a sí misma, para obligarse a no recordar jamás. Debería volver a intentarlo... O encontrar otra solución.

28/7/10

...

Mi cuerpo tiembla de frío. Quiero correr, pero las piernas no me obedecen. Quiero gritar, pero de mi garganta no sale ningún sonido. Mis manos no quieren tocar, mi boca no quiere hablar. Mi mente quiere esconderse en un lugar recóndito y desaparecer, que nadie vuelva a vislumbrarla nunca. Que nadie pueda ver sus pensamientos oscuros. Que nadie pueda sentir el odio implícito en cada pensamiento generado. 
¿Podré escapar de mi propia mente? Lo he intentado, y el método que me dio resultado prefiero no repetirlo. Yo... lo único que deseo es que la tristeza desaparezca. Que se vaya lejos de mí. Pisarla, pisarla, hasta que no quede nada. Hay días... en que quiero agarrarme el pecho y gritar hasta no tener voz. Otros, llorar hasta que las lágrimas me quemen la garganta. ¿Por qué tengo que vivir en guerra? No puedo encontrar la paz. 
¿Por qué soy tan insegura? Será porque nunca me sentí segura con nada, con nadie. Necesito sentirme amada. Hace años que no lo siento. Quiero que alguien me abrace hasta que deje de llorar, hasta que ya no tenga angustia adentro. ¿Dará resultado? No lo sé. Pero por lo pronto, eso es lo que necesito.

29/6/10

Se cuenta que hace muchísimo tiempo el emperador de un país muy rico y poderoso murió y dejó a su joven heredero como nuevo gobernante. Este nuevo emperador era muy impetuoso y por medio de sus allegados se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, que tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino; y la mandó traer ante su presencia.
Cuando esta poderosa bruja llegó, el joven emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique, y lo llevara ante la que sería su esposa ; la bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir el hilo, perseguida muy de cerca por el joven emperador y su corte. Esta busqueda los llevó hasta un mercado en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos.
Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo : “Aqui termina tu  hilo rojo". Pero al escuchar esto, el joven e impetuoso emperador enfureció, creyendo que todo era una burla de la bruja. Empujó a la campesina, que aún llevaba a su pequeña bebé en los brazos y la hizo caer, logrando que la bebé se hiciera una gran herida en la frente. Ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza por intentar burlarse de esa manera de él. El emperador, muy molesto, regresó a su castillo y luego de un tiempo, olvidó todo el asunto, pues ya había castigado a la bruja quitándole la vida.
Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse, y para este fin, su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso que tenía dentro de su mismo ejército, pues le daría estabilidad a su reino. Esta idea no le pareció mal al emperador, pues sabía que este general era muy querido y respetado por todo su pueblo, y además su hija tenía fama de ser muy joven y hermosa.
Luego de todos los preparativos, llegó el día de la boda y el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente.
Al llegar al altar, el emperador debía levantarle el velo y ver por primera vez este hermoso rostro… que tenía una cicatriz muy peculiar en la frente...

 "Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, de lugar, a pesar de las circunstancias. El hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca podrá romperse."

14/6/10

Hasta aquí llegó mi final feliz. Vamos a hablarlo, no es que estemos muertos; ¿Fue algo que hice? ¿Fue algo que tú dijiste? No me dejes aquí, en esta ciudad tan muerta, sostenida tan alto con este hilo tan débil. Fuiste todo lo que creí que eras, y lo que creí que podríamos ser... Fuiste todo lo que anhelaba, fuiste lo que suponíamos que debíamos ser, pero lo perdimos. Todos los recuerdos tan cercanos se desvanecen, todo este tiempo estuviste fingiendo... Hasta aquí llegó mi final feliz.
Tú tienes tus tontos amigos, yo se lo que dicen. Te dicen que soy difícil, rara; pero ellos también lo son... Ellos no me conocen, ¿acaso te conocen a tí? Todo lo que me escondiste, toda la basura que hiciste, fue demasiado para mi final feliz. Fuiste todo lo que yo quería, fuimos el uno para el otro, pero lo perdimos. Todos los recuerdos se desvanecen... Todo el tiempo estuviste pretendiendo demasiado para mi final feliz.
Es lindo saber que estuviste allí, gracias por actuar como si te importara, y hacerme sentir que era la única... Es lindo saber que lo tuvimos todo, gracias por mirar como me caigo, dejándome saber que terminamos... Él era todo lo que yo deseaba, éramos el uno para el otro, pero los recuerdos dulces se desvanecen... Hasta aquí llegó mi final feliz.

3/6/10

Ovejas y Leones...

Música fuerte para ahogar los aullidos de su corazón. Ella está sentada sola, con lágrimas en sus ojos, las cuales no quiere derramar. No quiere volver a llorar por ese amor a medias. Cierra los párpados con fuerza, sacude la cabeza, quiere gritar. Pero por más que intente lo contrario, los recuerdos vuelven a estallar en su mente...
Sábado a la noche. Ella es una más entre las ovejas disfrazadas del lugar; ese lugar en donde todos, por medio de los disfraces, podían dejar salir lo que eran en realidad. Baile, música, frenesí. Máscaras de por medio. Ovejas y Leones. Cada oveja tiene claro que los leones no son cosa de juego. Son peligrosos, capaces de devorar sus corazones y seguir con el de la siguiente oveja sin ningún remordimiento. Pero ellas también saben que los ojos y las palabras de los leones son hipnóticos. No deben caer en su trampa, por eso siempre se mantienen lo más lejos posible. Pero hoy, en el baile de disfraces, todo está permitido. Las ovejas pueden acercarse a los leones, siempre y cuando cuiden sus corazones.
Comienza el frenesí, pareciéndose a las antiguas fiestas en honor al dios Baco. Leones y ovejas se mezclan, disfrazados. Las ovejas temen y tratan de disimularlo; los leones huelen su miedo y se entusiasman. Más de uno está esperando devorar el corazón de una de ellas. Las horas pasan, y uno de los leones ha elegido a su presa: una oveja resignada, con expresión triste. Se le acerca lentamente, tratando de no asustarla. La oveja lo mira a los ojos, y entonces el león advierte: no debe subestimar a esta oveja, la fuerza de su corazón reside en su mirada. A medida que se acerca, el poder oculto de la oveja sorprende al león. Este, entusiasmado, comienza su cacería. Pero la oveja no es tonta. No se deja seducir esa noche, no quiere que su corazón sea devorado por ese león de ojos almendrados. Una y otra vez, el león es rechazado.
La noche termina. Pero el león desea a ESA oveja. La busca, la busca; la encuentra. La oveja se sorprende. Cautelosa, mira duramente al león. Pero este parece amable, incluso tierno. Ella deja que se acerque. Hablan, se miran, se observan detenidamente. Cada uno intenta comprender las intenciones del otro. Los días pasan, las charlas se hacen rutina. Lentamente, el león va ingresando en la vida de la oveja. Ella se da cuenta, pero no puede evitarlo. El león la ha hipnotizado, y ella sabe que en algún momento su corazón desaparecerá entre sus garras. Lo que la oveja no sospecha, es que ella también ha ingresado en la vida del león. Él no puede reprimir sus instintos de cazador, pero no quiere devorar de una vez el corazón de la oveja que lo ha cautivado, que le ha entregado su bien más preciado sin pensarlo dos veces.
El tiempo pasa, y la oveja se pregunta cuando sucederá lo inevitable. Quiere que suceda, porque sabe que si la espera es larga, la despedida será dolorosa. El león lucha y lucha, el corazón de la oveja es algo que quiere preservar, pero su instinto es más fuerte, y lentamente devora el corazón. Pero no lo hace de golpe. Él se da cuenta que la oveja también ha estado devorando su corazón sin darse cuenta; ahora el león es parte de ella. Pero la oveja no lo sabe, y sufre. Ella está segura que el león está esperando devorar su cálido corazón para ir detrás de otra oveja, y repetir el proceso. 
Y entonces, ambos se encuentran en una encrucijada. La oveja lo único que desea es dar todo su corazón al león, y que este conserve al menos, en sus recuerdos, una parte de todo lo que ella le dio. El león, por su parte, desea conservar a la oveja consigo; pero sabe que es imposible, su instinto lo hace desear los corazones de otras ovejas. Ambos sufren, y no saben que hacer.
De repente, la oveja lo entiende. Se enamoró del león. Es algo más que hipnotismo... Ella lo ama. Y se da cuenta que el león nunca podrá devorar su corazón por completo; siempre quedará su recuerdo cuando el se vaya tras otra oveja. Y ella está segura: el león no la ama. 
El león lo entiende también, y quiere darle todo de sí a la oveja; para que se sienta feliz mientras dure su tiempo junto a él. Pero no sabe si la ama. Y si lo sabe, la oveja ni siquiera lo sospecha. Ella lo único que desea es ser feliz. ¿Y saben una cosa? La oveja es feliz amando al león, aunque sea un amor a medias, un amor semi-oculto. Y a pesar de todo, la oveja está decidida a darle su corazón al león, para que él lo devore.

Y así termina la historia. Nuestra oveja ha aceptado el destino que ella misma se ha designado. Hará feliz al león todo el tiempo que él lo considere necesario; y ella será feliz al mismo tiempo. Y hará todo lo posible para que su corazón no se termine nunca, así el león no tendrá que salir a buscar el de otra oveja...


 Y a pesar de lo que opine esta oveja, no siempre es saludable enamorarse de un león...

14/5/10

Ojos...

En todas las lenguas y religiones del mundo hay un mismo dicho: Ojos que no ven, corazón que no siente. Pues yo afirmo que no hay nada más falso que eso; cuanto más lejos, más cerca del corazón están los sentimientos que intentamos sofocar y olvidar. Si estamos en el exilio, queremos guardar cada pequeño recuerdo de nuestras raíces; si estamos lejos de la persona amada, cada persona que pasa por la calle nos hace recordarla. Los evangelios y todos los textos sagrados de todas las religiones fueron escritos en el exilio, en busca de la comprensión de Dios, de la fe que movía los pueblos adelante, de la peregrinación de las almas errantes por la faz de la tierra. No lo sabían nuestros antepasados, y tampoco nosotros sabemos lo que la Divinidad espera de nuestras vidas, y es en ese momento cuando se escriben los libros, se pintan los cuadros, porque no queremos y no podemos olvidar quienes somos.Hoy agradezco haber recordado que lo que los ojos no ven, el corazón lo siente. Y por haber sentido tanto, hoy comprendo el dolor.

30/4/10

La despedida...

Aquí estoy, sentada frente a mi computadora, con la música de fondo, distrayéndome un poco de lo que quiero escribir. ¿Verdaderamente soy yo la que escribe estas palabras? Las lágrimas caen sobre las teclas, llevándose los restos de rimmel que quedan en mis pestañas. Miro hacia atrás en el tiempo y me pregunto, ¿cómo fue que las cosas pasaron tan rápido? ¿Cuándo fue la última vez que me sentí así? Hoy, sin ir más lejos, mientras volvía del Instituto, venía leyendo un libro en el colectivo. El libro hablaba de la despedida...

La dolorosa despedida. Esas palabras que a uno le dicen, y nunca sabemos si son ciertas o no. Nos encontramos mirando al otro de frente, suplicando por que sean infundadas nuestras sospechas del final. Pero al mirarlo, leemos en sus ojos el rechazo, la frialdad. Esos ojos que un día mostraron tanto amor, tanta ternura... Ahora solo muestran la irrefutable decisión de marcharse y no volver a vernos. Leemos en sus gestos que no vamos a poder tocar esa piel fría nunca mas, que se alejará de nosotros para siempre. Cuando escuchamos por fin las palabras salir de sus hermosos labios, nos negamos a creerlas. Queremos buscarle el sentido oculto, leer entre líneas... pero no hay nada que leer. Las palabras son claras. Adiós, adiós. Te prometo que será como si yo no hubiese existido. Esto es lo mejor para ti.
Nos quedamos helados. ¿Lo mejor para mí? pensamos. No, esto no puede ser cierto. Quédate conmigo, no te vayas. Por favor, no puedo vivir sin ti. Por favor, por favor... Pero las palabras son en vano. El ya no está alli. Sentimos como el dolor empieza a abrumarnos. Caminamos dentro de la bruma de nuestros pensamientos, intentando seguirlo. Caminamos y caminamos, a pesar de tener la certeza de que nunca regresará. Nos sentamos en el primer lugar que encontramos, y entonces el dolor nos embarga. Un filoso corte nos desgarra el corazón. Caemos, decididos a morir desangrados por ese amor frustrado. El tiempo pasa deprisa. No sabemos cuanto ha transcurrido desde el anochecer de nuestros días, desde ese fatídico día en que el sol se fue con el, dejándonos en la oscuridad.
Entonces, alguien nos encuentra. ¿Que ha pasado? pregunta. Se ha ido, se ha ido. Es lo único que logramos contestar... Comenzamos de nuevo la rutina de nuestros días. Nos obligamos a no recordar. Preferimos el aturdimiento, la sensación de arrastrarnos de acá para allá sin una verdadera razón para existir. ¿Que es lo mejor para nosotros? Algunos dicen que la memoria es un colador. El tiempo nos cura todas las heridas. Pero no conseguimos olvidar. Pasan días, meses, años. ¿Quien puede olvidar el sonido tintineante de su risa, que tan pocas veces escuchamos? ¿Quien puede olvidar sus caricias en el pelo a la hora de dormir? ¿Quien puede olvidar sus enojos, sus miradas frías, sus palabras hirientes? ¿Quien puede olvidar sus ojos, el contacto con sus manos heladas, las yemas de sus dedos secando una de nuestras repetidas lágrimas? No podemos. Es inevitable, cada día lo recordamos mas, y rogamos que vuelva a nuestro lado. Continuamos con nuestra vida, desgarrados por ese dolor interno.
Y así seguimos, prohibiéndonos recordar, pero condenándonos a no olvidar...

Yo se que algún día mi despedida llegará. Y sufriré, y lloraré, y me desgarraré. Pero por mas que lo sepa, no puedo prepararme para ello. No puedo imaginar un sólo día sin saber de el. El dolor es enorme, me golpea en el pecho y me deja sin aire. Lucho contra el, sabiendo que ese día aun no ha llegado. Pero no puedo olvidar que en algun momento llegará. Y entonces, como la protagonista de mi libro, rogaré en silencio que el vuelva a mi lado... Que todo el dolor pasado algún día será recompensado...

12/1/10

Never think...

Nunca debí pensar,
Que en tu corazón
Estaría nuestro hogar...
Así que no lo haré.
Aprenderás a odiarme
Pero aun me llamarás amor...
"Oh amor..."
Así que mejor llámame por mi nombre,
Y salva tu alma;
Antes de que llegues demasiado lejos,
Antes de que nada más se pueda hacer.
Tratarás de adivinar

Cuando yo mienta en el final...
No soy de los que consiguen sostener
Una lucha en su interior;

En este maldito mundo...
Me dices que me quede...
Tu me dices "Quedate..."
Es una cosa que he sabido
Desde que me puse mi abrigo para irme...
Supe que estaba equivocado...

Tú estás afuera sosteniéndome,
Diciendo, "Oh por favor
Estoy enamorada,
Estoy enamorada"

Niña, salva tu alma
Vamos, salva tu corazón.
Antes de que llegues demasiado lejos
Antes de que nada más se pueda hacer.
Porque sin mi, lo tienes todo.
Así que sostente.
Sin mi lo tienes todo, así que sostente.
Sostente, sola.





8/1/10

Reflejo...

Mira bien, nunca voy a ser una mujer ideal, una buena hija... No sabré tal papel jamás tomar... Ahora se que al demostrar quien realmente soy gran dolor podría causar... ¿Quién es la que veo ahi? Su mirar esta fijo mi, pero en mi reflejo no la reconocí... No puedo continuar esta gran falsedad, ¿Cuando en mi reflejo me veré en verdad? Algún dia mi verdadero yo... se reflejará.


5/1/10

Ella y El...

Lo miró a los ojos. Esos ojos castaños invitaban a perderse en ellos. ¿Pero como? Si una barrera infranqueable los protegía. Ella bajó la vista y observó sus propias manos, como hacía siempre. No podía entenderlo. ¿En qué momento había empezado a sentir amor por el? Trató de recordar...
A su mente acudieron las imagenes de las primeras charlas con el. No, en ese momento aún no lo amaba. Entonces sucedió en las salidas? No estaba segura. No podía determinar la época exacta, pero, ¿a quién le importaba realmente?. Descartó esos pensamientos y respiró profundo. Respirar cuando estaba con el era como estar en el paraíso, su aroma era como una droga para ella. Si el se encontraba cerca, ella no podía evitar olerlo.Volvió a mirarlo. Allí estaba, acostado junto a ella, luciendo como siempre: tan hermoso, tan seductor, tan... inalcanzable. Ella observó disimuladamente su rostro. Conocía de memoria sus facciones, las había recorrido mentalmente cientos de veces, ya que el no le permitía hacerlo con las manos. Bajó la vista a su cuello pálido, y sintió los irrefrenables deseos de morderlo. No, no debía morderlo, a el no le gustaba. Avergonzada, siguió su recorrido para que el no notara el rubor que había subido a sus mejillas. Sus ojos se encontraron con sus dedos, de uñas perfectas y pulidas. Esos dedos que la hicieron pensar en lo que habían compartido hacía un momento, cuando el le separaba las piernas y la penetraba... Ya basta, debía dejar de pensar en esas cosas, porque no hacían mas que distraerla. Se arriesgó a mirar su rostro de nuevo. El la miraba preocupado.
- ¿Qué pasa? - preguntó.
- Nada - contestó ella, bajando los ojos y reprochándose mentalmente por haber perdido el hilo de la conversación.
Aunque luego recordó porque. Había cosas que el decía, que a ella le dolían. Sus mujeres, sus salidas, siempre la lastimaban. Por eso, ella a veces trataba de no prestarle atención, para no sufrir después pensando en esas palabras. Pero esta vez se distrajo tanto que el se había dado cuenta. Se prometió no volver a hacerlo.
Levantó nuevamente la vista y le sonrió timidamente. A ella no le gustaba mucho sonreír, se sentía incómoda. El recorrió su rostro, encontró sus ojos y se detuvo allí. Ella se ruborizó nuevamente, pero sabía que no era conveniente bajar la mirada. Esos ojos, que a el tanto le gustaban, eran su único encanto. Esos ojos, que eran una bendición y una maldición al mismo tiempo. Bendición por ser bellos, por tener un color extraño... Y maldición por ser demadiado expresivos. Sus ojos transmitían su estado de ánimo como si fueran una puerta que se comunicaba con sus pensamientos y sentimientos. No podía disimular: la furia, los celos, la tristeza eran reflejados de la misma manera que si lo estuviese diciendo en voz alta. En resumen, sus ojos eran únicos, y ella daba gracias por que fuera así.
El acarició suavemente su rostro. Ella cerró los ojos mientras el tocaba suavemente su boca. Luego se inclinó y la besó delicadamente. Ella quiso aferrarse a el para prolongar el beso, pero el se soltó de su abrazo. La miró con aire ausente, tal vez un poco culpable.
- No puedo amarte - le dijo el.
Ella bajó la vista. "Siempre lo mismo" pensó. "No es la primera vez que me pasa". Sintió el dolor que se instalaba en su pecho, ese dolor lacerante y frío que ya conocía muy bien. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y quiso soltarlo y alejarse de el para siempre. Pero luego lo pensó un momento, y sonrió. El la miró extrañado y confundido.
- No quiero lastimarte - le dijo - No puedo enamorarme de ti -.
- No importa - le respondió ella. Y pensó: "Entonces, yo amaré por los dos".
Siguió sonriendo, lo besó dulcemente en los labios y se acomodó en su pecho, preparándose para dormir. Antes de sumirse en un profundo sueño, abrazada al hombre que había decidido amar a pesar de todo, un último pensamiento acudió a su mente.
"La esperanza es lo último que se pierde..."

31/12/09

Bianca y Armand...

Estaba oscuro y hacia frio. Por supuesto, el invierno veneciano me parecia templado en comparación con las tierras nevadas del norte, donde yo habia nacido; pero era un invierno húmedo y opresivo. Me senté en unos escalones junto a un canal, sin importarme que estuvieran empapados, y rompí a llorar. Estaba completamente solo. Me dirigí a casa de Bianca, y me oculté abajo del lecho, negándome a salir.
Bianca había convidado a su casa a un numeroso grupo de ingleses. Al cabo de un rato apareció, bellísima, con un favorecedor traje violeta y un collar de perlas que debería costar una fortuna. Se arrodilló junto al lecho y acercó su cabeza a la mía.
- ¿Que ocurre, Armand?
Yo nunca había solicitado sus favores. Que yo supiera, nadie se habría atrevido a hacerlo. Pero en aquellos momentos era un adolescente desesperado y nada me pareció mas oportuno que arrojarme sobre ella. Salí de debajo de su lecho, me dirigí a la puerta y eché el cerrojo, para que las voces y risas de los convidados no nos turbaran. Cuando me volví, vi a Bianca arrodillada en el suelo, mirándome con el entrecejo fruncido y sus labios dulces entreabiertos en un gesto de perplejidad que me pareció encantador. Sentí deseos de aplastarla con mi pasión, pero no con violencia, confiando en que mas tarde volvería a ser la de siempre, como si pudiera recomponerse un hermoso jarrón hecho añicos y restituirle un esplandor aún mas extraordinario que antes.
La levanté y la arrojé sobre el lecho. Era un lecho impresionante, en el que (según decían) dormía sola. Me incliné sobre ella y la besé, enloquecido por sus bonitos y astutos ojos que me observaban con frialdad. La sujeté por las muñecas y luego, tras cruzar su muñeca izquierda sobre la derecha, sostuve sus manos son una de las mías mientras le desgarraba el vestido. Lo desgarré con tal brutalidad que los botones de madreperla cayeron al suelo. Acto seguido le abrí el corpiño, debajo del cual llevaba un elegante corset ribeteado de encaje, que rasgué por la mitad como si fuera de papel.
Bianca tenia los pechos pequeños y deliciosos, demasiado delicados y juveniles para el prostíbulo donde la voluptuosidad estaba a la orden del día. No obstante, deseé magrearlos a mi antojo. Tarareé la estrofa de una canción en su oído. Ella suspiró. Entonces me arrojé sobre ella sin soltarle las muñecas, y le chupé los pezones con fuerza, uno tras otro. A continuación me aparté y le propiné unas cachetadas en los pechos con suavidad hasta que adquirieron un tono rosáceo.
Bianca tenía la cara encendida y seguía mirándome con el ceño arrugado, un gesto que apenas alteraba la tersura de su pálida frente. Sus ojos parecían dos ópalos, y aunque pestañeó lentamente, no movió un músculo.
Yo concluí mi labor sobre sus frágiles ropas. Le arranqué los volantes de la falda, y al quitársela comprobé que estaba espléndidamente desnuda, tal como había supuesto. Bianca solo mostraba un pequeño nido de vello, el cual realzaba un vientre levemente redondeado y la humedad que tenía entre las piernas. Enseguida me di cuenta de que yo le gustaba. No estaba indefensa. Al contemplarla, me volví loco. La penetré con furia, asombrado de lo poco usada que parecía estar, como si hubiera tenido pocas experiencias carnales. Ella emitió un pequeño grito de dolor.
Me empleé a fondo, deleitándome con su timidez. Me apoyé sobre el brazo derecho para no descargar todo mi peso sobre ella, pues no quería soltarle las muñecas. Ella se agitó y retorció hasta que su cabello dorado se soltó del tocado de perlas y se desparramó sobre la almohada. Tenía la piel húmeda, rosada y reluciente.
Al fin no pude contenerme mas y, en el momento que eyaculé, ella emitió un último y prolongado suspiro. Ambos nos mecimos abrazados. Bianca tenía los ojos cerrados; al cabo de unos segundos, su cuerpo se relajó. Se echó a reír como una niña y me golpeó en los brazos, pero de forma cariñosa...
Nunca olvidaré a Bianca. Jamás.


Armand, el vampiro.

30/12/09

La tacita...

Se cuenta que alguna una vez, en Inglaterra, existía una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Una de sus tiendas favoritas era una en donde vendían vajillas antiguas.
En una de sus visitas a la tienda vieron una hermosa tacita. "Me permite ver esa taza?", preguntó la Señora, "nunca he visto nada tan fino como eso!"
En cuanto tuvo en sus manos la taza, escuchó que la tacita comenzó a hablar.
La tacita le comentó: "Usted no entiende! Yo no siempre he sido esta
taza que usted está sosteniendo! Hace mucho tiempo yo sólo era un
montón de barro amorfo.
Mi creador me tomó entre sus manos y me golpeó y me amoldó cariñosamente. Llegó un momento en que me desesperé y le grité: "Por favor!! Ya déjame en Paz!".
Pero sólo me sonrió y me dijo: "Aguanta un poco más, todavía no es tiempo. "
Después me puso en un horno. Yo nunca había sentido tanto calor! Me pregunté por qué mi creador querría quemarme, así que toqué la puerta del horno. A través de la ventana del horno pude leer los labios de mi creador que me decían: "Aguanta un poco más, todavía no es tiempo."
Finalmente se abrió la puerta. Mi creador me tomó y me puso en una repisa para que me enfriara. "Así está mucho mejor!" me dije a mí misma, pero apenas y me había refrescado cuando mi creador ya me estaba cepillando y pintándome.
El olor de la pintura era horrible! Sentía que me ahogaría! "Por favor detente!" le gritaba yo a mi creador, pero él sólo movía la cabeza haciendo un gesto negativo y decía "Aguanta un poco más,
todavía no es tiempo."
Al fin dejó de pintarme; pero esta vez me tomó y me metió nuevamente a otro horno! No era un horno como el primero, sino que era mucho más caliente! Ahora sí estaba segura que me sofocaría! Le rogué y le imploré que me sacara! Grité, lloré, pero mi creador sólo me miraba diciendo "Aguanta un poco más, todavía no es tiempo."
En ese momento me di cuenta que no había esperanza!
Nunca lograría sobrevivir a ese horno!
Justo cuando estaba a punto de darme por vencida se abrió la puerta y mi creador me tomó cariñosamente y me puso en una repisa que era aún más alta que la primera.
Allí me dejó un momento para que me refrescara. Después de una hora de haber salido del segundo horno, me dio un espejo y me dijo: "Mírate! Esta eres tú!"
Yo no podía creerlo! Esa no podía ser yo! Lo que veía era hermoso!
Mi creador nuevamente me dijo: "Yo sé que te dolió haber sido golpeada y amoldada por mis manos, pero si te hubiera dejado como estabas, te hubieras secado.
Sé que te causó mucho calor y dolor estar en el primer horno, pero de no haberte puesto allí, seguramente te hubieras estrellado.
También sé que los gases de la pintura te provocaron muchas molestias, pero de no haberte pintado tu vida no tendría color.
Y si yo no te hubiera puesto en ese segundo horno, no hubieras sobrevivido mucho tiempo, porque tu dureza no habría sido la suficiente para que subsistieras.
Ahora tú eres un producto terminado! ¡Eres lo que yo tenía en mente cuando te comencé a formar!"

"Tu eres una tacita en las manos del alfarero: Confíate en sus manos, aunque muchas veces no comprendas por que permite tu sufrimiento."



24/12/09

Carta...

Papa Noel:

Este año no voy a pedirte una familia comprensiva. No voy a pedirte una muñeca, pues ya soy grande para ellas. No voy a pedirte un auto o una casa, porque no tengo edad para tenerlos. No voy a pedirte encontrar a alguien que me acompañe y contenga, que me quiera y me haga feliz. No voy a pedirte hallar a la persona que me acepte tal cual soy, que soporte mis enojos y caprichos. No voy a pedirte que me cruces con ese alguien que me mire a los ojos y me diga mas de mil palabras, que me abrace fuerte y me haga sentir que, al menos para una persona, importo y soy especial. No voy a pedirte tropezarme con ese ser capaz de decirme cualquier cosa con tal de no ver caer mis lágrimas. No voy a pedirte que caiga del cielo un principe a rescatarme de esta torre infernal donde transcurren mis dias, custodiada por un dragón que me reprime hasta hacerme llorar suplicando libertad. No voy a pedirte un bálsamo milagroso para mi corazón herido, ni jaulas y candados para sellar mis emociones. No voy a pedirte una varita mágica para sentarme a la espera de un hada madrina que cumpla mis deseos. No voy a pedirte que un noble caballero me despierte con un dulce beso de este sueño poblado de pesadillas que me persiguen una y otra vez... Pensandolo bien, este año no voy a pedirte nada. Todo lo que he descrito aqui, no lo necesito.
Encontré un principe, aunque yo no sea una princesa. Encontré a un noble caballero andante, aunque yo no sea Dulcinea. Encontré a ese ser que me escucha, que me soporta, me besa y me abraza; que cuando me ve triste es capaz de todo por hacerme sonreir. Me gusta pensar que cuando me mira, lo hace pensando solamente en mi, que me ve como una mujer única en el mundo. Que me cuida, porque sabe que en realidad soy como un diamante... Fuerte, brillante, de apariencia irrompible... Pero basta un pequeño quiebre, para que una caida me destroce en mil pedazos... Que me quiere, a su manera.
Por eso, Papa Noel, no quiero nada. No necesito nada, porque asi, de esta manera, soy feliz.

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